El hombre calzó sus zapatos viejos porque probablemente llovería. Caminó rumbo al trabajo porque no quería que su coche volviera a fallar. Se detuvo en cada esquina antes de cruzar, temiendo que algún auto hiciera caso omiso del semáforo y pasara como loco encima de él. Antes de llegar a su oficina compró el periódico por si algún cliente preguntaba por el diario. Entró por la puerta derecha porque probablemente la puerta de la izquierda estaba atorada. Entró a su oficina y abrió la ventana para expulsar el aire que quizá se aglomeraría durante las próximas horas. Llamó a su casa para preguntar si no había dejado algo encima de la mesa. Trabajó hasta las cuatro de la tarde por temor de que en cualquier momento se presentara el supervisor.
Salió agotado de la oficina, más que por lo que hacía, por sus obsesiones. Recorrió el camino a casa tomando las mismas precauciones. Su mujer no lo podía tolerar más, se desesperaba, la sacaba de quicio. Esa noche fue el punto final de su relación. Antes de irse a la cama, discutieron. Ella estuvo apunto de salirse de la casa y abandonarlo de una vez. El hombre también se llenó de rabia, pero el temor de golpearla de un instante a otro, lo detuvo, haciendo que se tranquilizara y después, que tuviera sueño. Su mujer, cautelosa como todas las mujeres, no era nada precavida. Una vez que su pareja entró entre los sueños, sus manos femeninas asfixiaron al hombre.
Lo que ella nunca supo (aclaro que me he enterado por tener este oficio), es que el hombre se durmió porque no quería perder la vida en esa noche. Creyó que estaría a salvo dentro de sus sueños, con la mente volando, al lado de la última persona que le podía hacer algún tipo de daño.
Un hombre veía televisión en una tarde de domingo. Mientras escuchaba los comerciales, se levantó y empezó a correr hacia la puerta de su casa. Salió sin anunciarlo, bajó las escaleras a toda prisa, se enfrentó con la calle, y continuó su marcha bajo el mismo ritmo. Tenía que llegar lo más pronto posible.
Las personas que lo miraban, sorprendidas o asustadas, se apartaban de él. El hombre atravesaba avenidas, callejones, parques, puentes, sin detenerse. La urgencia de llegar era inapelable, nadie se atrevía a detenerlo, a ofrecerle su ayuda. Se introducía en los atajos, pasaba las barreras que aparecían de pronto y aumentaba la velocidad cuando era posible.
Muchos habrían jurado que ese hombre jamás se detendría, pero el cuerpo alguna vez se agota, las piernas desobedecen y los pensamientos se ablandan. Se recargó entonces en el barandal de un puente y miró por donde había recorrido. No podía creer que todo ese trayecto lo había cruzado en unos minutos. Trató de respirar, descansar y tomar fuerzas para seguir. Pensó en la distancia que le faltaba por recorrer para calcular el ritmo con el que seguiría, pero no recordó el lugar, ni con quien iría y mucho menos el motivo que lo hizo levantarse del sillón.